Mientras el intelecto esté al servicio de la voluntad, lo que no guarde relación con la voluntad no existe para el intelecto; pero junto con esta separación parcial de ambos surge un nuevo poder de percepción, de naturaleza sintética, un complejo de relaciones no reproducibles en el pensamiento lineal, ya que la mente se orienta simultáneamente en muchas direcciones diferentes.
De este orden de percepción, el conocido caso de Mozart es un ejemplo clásico. Se dice que afirmó sobre su manera de componer: «Puedo ver la obra entera en mi mente de un solo vistazo... y no la oigo en mi imaginación de manera sucesiva —tal como se presenta más tarde—, sino toda a la vez, por decirlo así. ¡Es un banquete raro! toda la invención y la creación ocurren en mí como en un hermoso y fuerte sueño».
ATEMPORALIDAD
Las inspiraciones del genio provienen de una falta de atención a la vida que, de manera por demás paradoxal, aporta visión: el poder de ver la vida con claridad y «verla por entero».
La conciencia, incondicionada por el tiempo, «en un hermoso y fuerte sueño», despierta a la percepción de un mundo que es intemporal. Trae de allí alguna flor inmarcesible cuyo poder de supervivencia establece la autenticidad de la inspiración.
Por muy local y personal que sea cualquier obra maestra, escapa mediante una potente magia a toda categoría geográfica y temporal, y aparece siempre recién nacida de una esfera en la que tales categorías no existen.
Ningún escritor fue más de su época que Shakespeare, y sin embargo, cuán contemporáneo le parece a cada generación sucesiva. Leonardo, en un retrato perfecto, mostró el rostro de un espíritu sutil, sensual y burlón, sobre un fondo de rocas agrestes. Representa no solo la