lo que es más externo brota de los principios más íntimos mediante su serie: de ahí tu belleza, hija mía, cuyo único padre es el orden mismo*."
Este pasaje, como un plato colmado de fruta selecta, tienta el apetito metafísico por la riqueza y variedad de su atractivo; mas para no fatigar al lector, el autor se contentará con extraer una sola ciruela.
La ciruela en cuestión es simplemente esta (y se ruega al lector que vuelva a leer la cita con atención): ¿no podría cada acto, incidente y circunstancia de la vida humana ser el «desenvolvimiento» de un agregado kármico?
Este haz de vida puede concebirse de la manera más conveniente, en este contexto, como el carácter de la persona, un carácter construido, o «introducido sucesivamente» en vidas anteriores. La secuencia de acontecimientos resultante de su «desenrollamiento» sería el destino de la persona: un destino determinado, necesariamente, por la acción pasada. Este concepto otorga un significado nuevo y más elocriente a la frase «El carácter es el destino».