otras en cada sección. Si pensamos en la intersección de estas con la superficie ascendente, a modo de átomos o unidades físicas de un universo plano, tendremos un mundo de movimiento aparente, con cuerpos que se mueven armoniosamente entre sí, siendo cada uno la sección transversal de alguna parte de una entidad tridimensional inmutable e inmóvil.
Ahora aumentemos el conjunto con una dimensión adicional: elevémoslo todo un espacio. La hélice de muchas hlices se volvería tetradimensional, y el espacio superficial cambiaría a espacio sólido: cada diminuto círculo de intersección se convertiría en una esfera del mismo diámetro, describiendo, en lugar de bucles, hélice tras hélice.
Aquí estaríamos entre formas familiares, describiendo movimientos familiares: las formas, por ejemplo, de la tierra y la luna y de su movimiento alrededor del sol; del átomo, tal como lo imaginamos, la molécula y la célula.
Pues, ¿no es la esfera, u ovoido, la forma unitaria de la naturaleza, y no es el vórtice espiral su movimiento característico, desde el de la nebulosa en el cielo hasta el del electrón en el átomo?
Así, bajo la hipótesis de que nuestro espacio está atravesando un espacio tetradimensional, y de que las formas de nuestro espacio son secciones transversales de formas tetradimensionales, la unidad y la armonía de la naturaleza se explicarían de una manera notablemente sencilla.
El ejercicio de la imaginación anterior es una buena preparación para la siguiente exigencia que se le plantea. Concíbase un árbol dicotómico —uno que siempre se divide en dos ramas— que atraviesa un plano. Obtendríamos, como sección plana, un círculo de tamaño variable que se alargaría y se dividiría en dos círculos, cada uno de los cuales haría lo mismo.