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II. El hombre de ninguna parte

El hombre de ninguna parte

El señor y la señora Veneering eran gente flamante en una casa flamante en un barrio flamante de Londres.

Todo en los Veneering era nuevo y reluciente. Todos sus muebles eran nuevos, todos sus amigos eran nuevos, todos sus sirvientes eran nuevos, su vajilla era nueva, su carruaje era nuevo, sus arneses eran nuevos, sus caballos eran nuevos, sus cuadros eran nuevos, ellos mismos eran nuevos, estaban tan recién casados como era legalmente compatible con el hecho de tener un bebé flamante, y si hubieran instalado un bisabuelo, este habría llegado a casa envuelto en esteras desde el Pantechnicon, sin un solo rasguño, lustrado a la francesa hasta la coronilla.

Porque, en el establecimiento de los Veneering, desde las sillas del recibidor con el nuevo escudo de armas, hasta el gran pianoforte con el nuevo mecanismo, y de nuevo arriba hasta la nueva escalera de incendios, todas las cosas se hallaban en un estado de gran barniz y pulimento. Y lo que era observable en los muebles, era observable en los Veneering: la superficie olía un poco demasiado a taller y resultaba un tanto pegajosa.

Había un inocente mueble de comedor que se movía sobre ruedas fáciles y se guardaba sobre el corral de una caballeriza en Duke Street, Saint James’s, cuando no se usaba, para el cual los Veneering eran una fuente de ciega confusión. El nombre de este artículo era Twemlow. Como era primo hermano de Lord Snigsworth, era requerido con frecuencia y en muchas casas se podía decir que representaba la mesa de comedor en su estado normal. El señor y la señora Veneering, por

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