firmaba con aplomo: «Suyo atentamente, R. Wilfer».
Era empleado en la droguería de Chicksey, Veneering y Stobbles. Chicksey y Stobbles, sus antiguos amos, habían sido absorbidos ambos por Veneering, en otro tiempo su viajante o representante: quien había celebrado su acceso al poder supremo introduciendo en el negocio una gran cantidad de escaparates de luna y mamobras de caoba barnizada a la francesa, así como una placa de puerta reluciente y descomunal.
R. Wilfer cerró su escritorio con llave una tarde y, guardándose el manojo de llaves en el bolsillo casi como si fuera su peonza, se encaminó a casa.
Su hogar estaba en la región de Holloway, al norte de Londres, por entonces separada de esta por campos y árboles. Entre Battle Bridge y aquella parte del distrito de Holloway donde habitaba se extendía una franja de Sáhara suburbano, donde se cocían tejas y ladrillos, se hervían huesos, se sacudían alfombras, se arrojaban escombros, se hacían pelear perros y los contratistas acumulaban montones de polvo.
Al bordear los márgenes de este desierto por el camino que tomó, cuando la luz de sus hornos de cal tintaba la niebla con lamparones macabros, R. Wilfer suspiró y meneó la cabeza.
—¡Ay de mí! —dijo—, ¡lo que pudo haber sido no es lo que es!
Con cuyo comentario sobre la vida humana, indicativo de una experiencia de ella que no era exclusivamente suya, continuó lo mejor que pudo hasta el final de su viaje.
Mrs. Wilfer era, por supuesto, una mujer alta y angulosa. Siendo su señor querubínico, ella resultaba necesariamente majestuosa, de acuerdo con el principio que une matrimonialmente los contrastes. Era muy dada a atarse la cabeza con un pañuelo de bolsillo, nudo bajo la barbilla.