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Posdata

En lugar de prefacio

Cuando ideé esta historia, preví la probabilidad de que cierta clase de lectores y comentaristas supusiera que me costó un gran esfuerzo ocultar exactamente lo que me costó un gran esfuerzo sugerir: a saber, que el señor John Harmon no fue asesinado, y que el señor John Rokesmith era él.

Complaciéndome con la idea de que dicha suposición pudiera surgir en parte de cierta ingeniosidad en la trama, y creyendo que valía la pena, en aras del arte, insinuar al público que a un artista (de cualquier denominación) tal vez se le pueda confiar que sabe lo que hace en su oficio, si tan solo le conceden un poco de paciencia, la expectativa no me alarmó.

Para conservar durante mucho tiempo insospechado, y sin embargo siempre en vías de cumplirse, otro propósito originado en aquel acontecimiento principal, y que al fin resultaría ameno y provechoso, fue a la vez la parte más interesante y la más difícil de mi diseño.

Su dificultad aumentaba considerablemente debido al modo de publicación; pues sería muy irrazonable esperar que muchos lectores, que siguen una historia por entregas de mes en mes a lo largo de diecinueve meses, perciban —hasta que la tienen completa ante sí— las relaciones de sus hilos más finos con el patrón general que el tejedor de historias tiene siempre ante sus ojos en el telar.

Aun así, que considero que las ventajas del modo de publicación superan a sus desventajas, puede creérselo fácilmente de alguien que lo reavivó en Los papeles del Club Pickwick tras un largo desuso, y lo ha practicado desde entonces.

Hay a veces una extraña inclinación en este país a disputar como improbable en la ficción lo que son las experiencias más comunes en la realidad.

Por tanto, hago constar aquí, aunque tal vez no sea en absoluto necesario, que hay cientos de casos de testamentos (como se les llama), mucho más notables que el imaginado en este libro; y que los archivos de la Oficina de Prerogativas rebosan de ejemplos de testadores que han hecho, cambiado, contradicho, ocultado, olvidado, dejado cancelados y dejado sin cancelar, cada uno de ellos, muchos más testamentos de los que jamás hizo el viejo señor Harmon de la Cárcel de Harmony.

En mis experiencias sociales desde que la señora Betty Higden apareció en escena y la abandonó, he hallado campeones de la Circumlocución dispuestos a acalorarse conmigo a propósito de mi postura sobre la Ley de Pobres.

Mi amigo el señor Bounderby jamás pudo ver diferencia alguna entre dejar a los «operarios» de Coketown exactamente como estaban, y exigir que fueran alimentados con sopa de tortuga y carne de veneno en cucharas de oro.

Proposiciones idioticas de naturaleza paralela me han sido ofrecidas libremente para su aceptación, y se me ha exigido admitir que yo daría asistencia de la Ley de Pobres a cualquiera, en cualquier parte, de cualquier manera.

Dejando a un lado este sinsentido, he observado una tendencia sospechosa en los defensores a dividirse en dos bandos: el uno, que sostiene que no hay pobres dignos que prefieran la muerte por inanición lenta y clima inclemente a la clemencia de ciertos funcionarios de asistencia social y ciertas casas de beneficencia (Union Houses); el otro, que admite que existen tales pobres, pero niega que tengan causa o razón alguna para actuar así. Los registros de nuestros periódicos, la reciente denuncia de The Lancet, y el sentido común y los sentidos de la gente común, aportan pruebas más que abundantes contra ambas defensas.

Pero, para que mi opinión sobre la Ley de Pobres no sea malinterpretada o tergiversada, voy a exponerla. Creo que ha habido en Inglaterra, desde los tiempos de los Estuardo, ninguna ley tan infamemente administrada, ninguna ley tan abiertamente violada, ninguna ley habitualmente tan mal supervisada. En la mayoría de los vergonzosos casos de enfermedad y muerte por indigencia, que escandalizan al público y deshonran al país, la ilegalidad es bastante igual a la inhumanidad⁠—y ningún lenguaje conocido podría decir más de su ilegalidad.

El viernes nueve de junio del presente año, el señor y la señora Boffin (ataviados con sus trajes de manuscrito para recibir a los señores Lammle a desayunar) iban conmigo en el Ferrocarril del Sureste, en un accidente terriblemente destructivo. Cuando hube hecho lo que pude para ayudar a los demás, volví a subir a mi vagón —casi volcado sobre un viaducto y atrapado de travesía en la curva— para rescatar a la digna pareja. Estaban muy manchados, pero por lo demás ilesos. El mismo feliz resultado acompañó a la señorita Bella Wilfer el día de su boda, y al señor Riderhood inspeccionando el pañuelo rojo de Bradley Headstone mientras yacía dormido. Recuerdo con piadosa gratitud que nunca podré estar mucho más cerca de separarme para siempre de mis lectores de lo que lo estuve entonces, hasta que se escriban contra mi vida las dos palabras con las que he cerrado hoy este libro:⁠— Fin .

2 de septiembre de 1865 .

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