hombre se hubiera llevado también la puerta?
“Querida, no habríamos podido prescindir de la puerta”.
«¿No podríamos?»
“¡Vaya, querida! ¿Podríamos?”
“Es tal como piensas, R. W.; no como yo”.
Con esas sumisas palabras, la obediente esposa le precedió bajando unos pocos escalones hasta una pequeña salita en el sótano, mitad cocina, mitad salón, donde una muchacha de unos diecinueve años, de rostro y talle sumamente bonitos, pero con una expresión impaciente y petulante tanto en la cara como en los hombros (que en su sexo y a su edad son muy expresivos del descontento), estaba sentada jugando a las damas con una niña más pequeña, que era la benjamina de los Wilfer.
Para no recargar esta página detallando a los Wilfer y sumándolos en bloque, basta por ahora con decir que el resto estaba en lo que se llama “echado al mundo”, de diversas maneras, y que eran muchos. Tantos, que cuando uno de sus obedientes hijos pasaba a verle, R. Wilfer por lo general parecía decirse a sí mismo, tras un breve cálculo mental: “¡Vaya! ¡Aquí viene otro!”, antes de añadir en voz alta: “Cómo te va, John”, o Susan, según fuera el caso.