precisa. Y añadieron a su veredicto una recomendación al Ministerio del Interior (que al inspector le pareció de lo más sensata) de ofrecer una recompensa para resolver el misterio. En el espacio de cuarenta y ocho horas, se proclamó una recompensa de cien libras, junto con un indulto total a cualquier persona o personas que no fuesen el autor o autores materiales, y lo demás según el procedimiento
Esta proclama volvió al señor inspector aún más estudioso, y lo llevó a meditar en las escalinatas fluviales y en los muelles, y a merodear en botes, atando cabos.
Pero, según el éxito con que uno ate cabos, obtiene a una mujer y a un pez por separado, o a una sirena en combinación. Y al señor inspector no le salió nada mejor que una sirena, en la que ningún juez y jurado habrían creído.
Así, como las mareas sobre las cuales había sido llevado al conocimiento de los hombres, el Crimen de Harmon—como empezó a ser llamado popularmente—subía y bajaba, y refluía y fluía, ora en la ciudad, ora en el campo, ora entre palacios, ora entre chozas, ora entre lores y damas y gente bien, ora entre jornaleros y martilladores y descargadores de lastre, hasta que al fin, tras un largo intervalo de aguas muertas, se adentró en el mar y se fue alejando a la deriva.