mejor que nada.
—No le demostraste que pensabas ni eso —interpuso de nuevo Lavinia.
—Eres una mocosa y una pequeña idiota —replicó Bella—, o no harías un discurso tan tonto. ¿Qué esperabas que hiciera? Espera a que seas una mujer y no hables de lo que no entiendes. ¡Solo demuestras tu ignorancia!
Luego, sollozando de nuevo, y a ratos mordiéndose los rizos, y deteniéndose a ver cuánta parte se había cortado: «¡Es una vergüenza! ¡Jamás se ha dado un caso tan difícil! No me importaría tanto si no fuera tan ridículo. Ya era bastante ridículo que viniera un extraño a casarse conmigo, le gustara o no. Ya era bastante ridículo saber lo embarazoso que sería el encuentro, y cómo jamás podríamos fingir que sentíamos inclinación propia, ninguno de los dos. Ya era bastante ridículo saber que no me iba a gustar —cómo iba a gustarme, si me habían dejado a él en un testamento, como a una docena de cucharillas, con todo preparado y mascado de antemano, como tiras de naranja confitada. ¡Y todavía hablan de azahares! ¡Repito que es una vergüenza! Esos aspectos ridículos se habrían suavizado con el dinero, porque adoro el dinero y necesito el dinero, lo necesito desesperadamente. Odio ser pobre, y somos pobremente pobres, ofensivamente pobres, miserablemente pobres, bestialmente pobres. ¡Pero aquí me tenéis, con todas las partes ridículas de la situación intactas y, además de todas ellas, este vestido ridículo!
Y, a decir verdad, cuando lo del asesinato de Harmon recorrió todo el pueblo y la gente andaba especulando con la posibilidad de que fuera un suicidio, no dudo ni un momento de que esos descarados de los clubes y sitios así hicieran bromas sobre el infeliz que había preferido una tumba acuática antes que a mí. ¡Es muy probable que se tomaran tales libertades; no me extrañaría nada! ¡Declaro que es un caso