“Sí que lo ha hecho, Charley. Veo, tan claramente como puede verse, que tu camino no es el nuestro, y que incluso si se pudiera lograr que mi padre te perdonara por haberlo tomado (cosa que nunca haría), ese camino tuyo se vería oscurecido por el nuestro. Pero también veo, Charley—”
—¿Todavía tan claro como el agua, Liz? —preguntó el muchacho con picardía.
—¡Ah! Aun así. Que es una gran obra haberte apartado de la vida de papá, y haber hecho un nuevo y buen principio. Así que ahí me tienes, Charley, a solas con papá, manteniéndolo en el buen camino tanto como puedo, buscando tener más influencia de la que tengo, y esperando que por alguna feliz casualidad, o cuando esté enfermo, o cuando... no sé qué..., pueda inclinarlo a desear hacer cosas mejores.
—Dijiste que no podías leer un libro, Lizzie. Tu biblioteca de libros es la hondonada junto a la bengala, creo.
“Me encantaría ser capaz de leer libros de verdad. Noto mucho mi falta de instrucción, Charley. Pero la notaría mucho más si no supiera que es un lazo entre mi padre y yo.—¡Escucha! ¡Los pasos de padre!”
Pasada ya la medianoche, el ave de rapiña se fue derechito a descansar.
Al mediodía siguiente reapareció en el Six Jolly Fellowship Porters, adoptando el papel, que no le era desconocido, de testigo ante un jurado forense.
El señor Mortimer Lightwood, además de sostener el papel de uno de los testigos, desdoblaba su personaje con el del eminente procurador que vigilaba las diligencias en nombre de los representantes del difunto, tal como se registró debidamente en los periódicos. El señor inspector también vigilaba las diligencias, y se guardaba su vigilancia estrictamente para sí.