ensalzando a su propia familia; lo cual procedió a hacer, en el caso presente, de la siguiente manera.
—No, R. W., Lavinia no ha conocido la prueba que Bella ha conocido. La prueba por la que ha pasado vuestra hija Bella no tiene parangón, tal vez, y ha sido soportada, debo decir, noblemente.
Cuando veáis a vuestra hija Bella con su vestido negro, que ella es la única de toda la familia en llevar, y cuando recordéis las circunstancias que la han llevado a llevarlo, y cuando sepáis cómo se han sobrellevado esas circunstancias, entonces, R. W., apoyad vuestra cabeza en la almohada y decid: «¡Pobre Lavinia!»
Aquí, la señorita Lavinia, desde su posición de rodillas bajo la mesa, intervino para decir que no quería que «su papá le tuviera lástima», ni nadie más.
—Estoy segura de que no lo tienes, hija mía —respondió su madre—, porque tienes un ánimo gallardo y firme. Y tu hermana Cecilia tiene un ánimo gallardo y firme de otra clase, un espíritu de pura devoción, ¡un her-mo-so espíritu! El sacrificio propio de Cecilia revela un carácter puro y femenino, muy pocas veces igualado, jamás superado. Tengo ahora mismo en el bolsillo una carta de tu hermana Cecilia, recibida esta mañana —¡recibida tres meses después de su boda, pobrecita!—, en la que me dice que su marido debe alojar inesperadamente bajo su techo a su tía venida a menos. «Pero yo le seré fiel a él, mamá —escribe de manera conmovedora—, no le abandonaré, no debo olvidar que es mi esposo. ¡Que venga su tía!». Si esto no es patético, si esto no es la devoción de una mujer... La buena señora agitó sus guantes ante la imposibilidad de añadir más, y se anudó el pañuelo a la cabeza con un nudo más apretado bajo la barbilla.
Bella, que ahora estaba sentada sobre la alfombra para calentarse, con los ojos castaños fijos en el fuego y un mechón de sus rizos castaños en la boca, se rio de esto, y luego hizo un puchero y estuvo a punto de llorar.