Mi vida se detuvo. Podía respirar, comer, beber y dormir, y no podía evitar hacer estas cosas; pero no había vida, porque no había deseos cuya realización pudiera considerar razonable.
Si deseaba algo, sabía de antemano que, satisficiera o no mi deseo, no sacaría nada en limpio. Si hubiera venido un hada y se hubiera ofrecido a cumplir mis deseos, no habría sabido qué pedir.
Si en momentos de embriaguez sentía algo que, sin ser un deseo, era un hábito dejado por deseos anteriores, en los momentos de sobriedad sabía que esto era una ilusión y que en realidad no había nada que desear. Ni siquiera podía desear conocer la verdad, pues adivinaba en qué consistía. La verdad era que la vida carece de sentido.
Había, por decirlo así, vivido, vivido y caminado, caminado, hasta llegar a un precipicio y ver claramente que ante mí no había más que destrucción. Era imposible detenerse, imposible retroceder, e imposible cerrar los ojos o evitar ver que adelante no hay más que sufrimiento y muerte verdadera: la aniquilación total.
Llegó a tal punto que yo, un hombre sano y afortunado, sentí que ya no podía vivir: una fuerza irresistible me impulsaba a deshacerme de la vida de un modo u otro. No puedo decir que deseara matarme. La fuerza que me alejaba de la vida era más fuerte, plena y generalizada que cualquier simple deseo. Era una fuerza semejante al esfuerzo anterior por vivir, solo que en dirección contraria. Todas mis fuerzas me alejaban de la vida. La idea de la autodestrucción acudió a mí de un modo tan natural como antes lo habían hecho los pensamientos sobre cómo mejorar mi vida, y era tan