No hallando una explicación en la ciencia, comencé a buscarla en la vida, con la esperanza de encontrarla entre la gente que me rodeaba. Y comencé a observar cómo vivía la gente que me rodeaba —personas como yo— y cuál era su actitud ante esta cuestión que me había llevado a la desesperación.
Y esto es lo que encontré entre personas que se hallaban en la misma posición que yo en lo que respecta a la educación y al modo de vida.
Descubrí que para las personas de mi círculo había cuatro salidas a la terrible situación en la que todos nos encontramos.
La primera fue la de la ignorancia. Consiste en no saber, en no comprender que la vida es un mal y un absurdo. Las personas de este tipo —principalmente mujeres, o gente muy joven o muy torpe— aún no han comprendido esa cuestión de la vida que se le presentó a Schopenhauer, a Salomón y a Buda. No ven ni al dragón que las aguarda ni a los ratones que roen el arbusto del que están colgadas, y se limitan a lamer las gotas de miel, pero solo laslamen por un tiempo: algo desviará su atención hacia el dragón y los ratones, y se acabará el lamer. De ellos no tenía nada que aprender; uno no puede dejar de saber lo que ya sabe.
La segunda salida es el epicureísmo. Consiste en que, aun conociendo la desesperanza de la vida, uno aprovecha mientras tanto las ventajas de las que dispone, sin hacer caso del dragón ni de los ratones, y lame la miel de la mejor manera posible, sobre todo si hay mucha al alcance de la mano. Salomón expresa esta salida de este modo: > «Por tanto, alabé yo la alegría; que no tiene el hombre bien debajo del sol, sino que coma y beba y se alegre; y que