considerándolos como fábulas ilustrativas de pensamientos, esta lectura me reveló el sentido de la vida. Estaban las vidas de Macario el Grande, la historia de Buda, estaban las palabras de san Juan Crisóstomo, y estaban las historias del viajero en el pozo, el monje que encontró oro y la de Pedro el publicano. Había historias de los mártires, todas proclamando que la muerte no excluye la vida, y había historias de hombres ignorantes y estúpidos, que no sabían nada de las enseñanzas de la Iglesia, pero que aun así se salvaban.
Pero tan pronto como conocí a creyentes cultos o tomé sus libros, la duda de mí mismo, el descontento y la disputación exasperada se despertaron en mi interior, y sentí que cuanto más profundizaba en el significado de los discursos de estos hombres, más me descarriaba de la verdad y más me acercaba a un abismo.