La conciencia del error en el conocimiento racional me ayudó a librarme de la tentación de la raciocinación ociosa. La convicción de que el conocimiento de la verdad solo puede hallarse viviendo me condujo a dudar de la rectitud de mi vida; pero solo me salvó el hecho de que pude arrancarme de mi exclusividad y ver la vida real de la gente sencilla y trabajadora, y comprender que ella es la única vida real. Comprendí que, si deseo entender la vida y su sentido, no debo vivir la vida de un parásito, sino que debo vivir una vida real y —tomando el sentido dado a la vida por la humanidad real y fundiéndome en esa vida— verificarlo.
Durante ese tiempo esto fue lo que me ocurrió. Durante todo ese año, cuando me preguntaba casi a cada momento si no debería acabar con todo mediante una soga o una bala—todo ese tiempo, junto con el curso de pensamiento y observación del que he hablado, mi corazón estuvo oprimido por un sentimiento doloroso, que solo puedo describir como la búsqueda de Dios.
Digo que aquella búsqueda de Dios no era un razonamiento, sino un sentimiento, porque esa búsqueda no procedía del curso de mis pensamientos —pues era incluso directamente contraria a ellos—, sino que procedía del corazón. Era un sentimiento de temor, de orfandad, de aislamiento en tierra extraña y una esperanza de ayuda por parte de alguien.
Aunque estaba bastante convencido de la imposibilidad de probar la existencia de una Deidad (Kant había demostrado, y yo lo comprendía muy bien, que no podía ser probada), aun así buscaba a Dios, esperaba encontrarle y, por vieja costumbre, dirigía oraciones a aquello que buscaba pero no había hallado.