siempre responde, y en todas las épocas ha respondido, de una y la misma manera: «El mundo es algo infinito e incomprensible. La vida humana es una parte incomprensible de ese “todo” incomprensible». De nuevo excluyo todos aquellos compromisos entre las ciencias abstractas y las experimentales que proporcionan todo el lastre de las semicencias llamadas jurídicas, políticas e históricas. En esas semicencias se introduce de nuevo erróneamente la concepción del desarrollo y el progreso, solo que con esta diferencia: que allí era el desarrollo de todo, mientras que aquí es el desarrollo de la vida de la humanidad. El error sigue estando allí como antes: el desarrollo y el progreso en el infinito no pueden tener fin ni dirección y, en lo que concierne a mi pregunta, no se da ninguna respuesta.
En la ciencia verdaderamente abstracta, a saber, en la filosofía genuina —no en la que Schopenhauer llama «filosofía de Cátedra», que solo sirve para clasificar todos los fenómenos existentes en nuevas categorías filosóficas y bautizarlos con nuevos nombres—, donde el investigador no pierde de vista la cuestión esencial, la respuesta es siempre una y la misma: la respuesta dada por Sócrates, Schopenhauer, Salomón y Buda.
“Nos acercamos a la verdad solo en la medida en que nos apartamos de la vida”, dijo Sócrates al prepararse para la muerte.
“Porque, ¿qué es lo que ansiamos en la vida los que amamos la verdad? ¡Libertarnos del cuerpo y de todo el mal que causa la vida del cuerpo! Si es así, ¿cómo no vamos a alegrarnos cuando la muerte llega a nosotros?”
“El sabio busca la muerte durante toda su vida y, por lo tanto, la muerte no le resulta terrible.”
Y dice Schopenhauer:
“Habiendo reconocido la esencia íntima del mundo como voluntad, y todos sus fenómenos —desde el obrar inconsciente de las oscuras fuerzas