de mi explicación. Pero cuando me acerqué a las puertas del altar, y el sacerdote me hizo decir que creía que lo que iba a tragar era verdaderamente carne y sangre, sentí un dolor en el corazón: no era simplemente una nota falsa, era una exigencia cruel hecha por alguien que evidentemente jamás había sabido qué es la fe.
Ahora me permito decir que era una exigencia cruel, pero entonces no lo pensaba así: solo que me resultaba indescriptiblemente doloroso.
Ya no me encontraba en la posición en la que había estado en mi juventud, cuando pensaba que todo en la vida estaba claro; ciertamente había llegado a la fe porque, aparte de la fe, no había hallado nada, desde luego nada, salvo la destrucción; por lo tanto, deshacerme de esa fe era imposible y me sometí.
Y hallé en mi alma un sentimiento que me ayudó a soportarlo. Este era el sentimiento de abyección y humildad. Me humillé, tragué esa carne y esa sangre sin ningún sentimiento blasfemo y con el deseo de creer. Pero el golpe ya había sido asestado y, sabiendo lo que me esperaba, no pude ir una segunda vez.
Continué cumpliendo con los ritos de la Iglesia y aún creía que la doctrina que seguía contenía la verdad, cuando me sucedió algo que ahora comprendo pero que entonces me pareció extraño.
Estaba escuchando la conversación de un campesino analfabeto, un peregrino, acerca de Dios, la fe, la vida y la salvación, cuando un conocimiento de la fe se reveló ante mí. Me acerqué al pueblo, escuchando sus opiniones sobre la vida y la fe, y comprendí la verdad cada vez más. Lo mismo me ocurrió cuando leí las Vidas de los hombres santos, que se convirtieron en mis libros favoritos. Dejando a lado los milagros y