de la ciencia, sino de mi ignorancia; pero el asunto no era para mí un juego o una diversión, sino una cuestión de vida o muerte, y llegué involuntariamente a la convicción de que mis preguntas eran las únicas legítimas, constituyendo la base de todo conocimiento, y que yo, con mis preguntas, no tenía la culpa, sino la ciencia si pretende responder a esas cuestiones.
Mi pregunta —aquella que a la edad de cincuenta años me llevó al borde del suicidio— era la más simple de las preguntas, situada en el alma de todo hombre, desde el niño necio hasta el anciano más sabio: era una pregunta sin cuya respuesta no se puede vivir, como lo había comprobado por experiencia. Era: «¿Qué resultará de lo que hago hoy o haré mañana? ¿Qué resultará de toda mi vida?».
Dicho de otro modo, la pregunta es: «¿Por qué debo vivir, por qué desear algo o hacer algo?».
También puede formularse así: «¿Hay algún sentido en mi vida que la muerte inevitable que me aguarda no destruya?».
A esta única pregunta, expresada de diversas maneras, busqué una respuesta en la ciencia. Y hallé que, en relación con esa cuestión, todo el conocimiento humano se divide, por decirlo así, en dos hemisferios opuestos en cuyos extremos hay dos polos: el uno negativo y el otro positivo; pero que ni en el uno ni en el otro polo hay respuesta para las preguntas de la vida.
Una serie de ciencias parece no reconocer la pregunta, sino que responde clara y exactamente a sus propias preguntas independientes: esa es la serie de las ciencias experimentales, y en su extremo se encuentra las matemáticas.
La otra serie de ciencias reconoce la pregunta, pero no la responde; esa es la serie de las ciencias abstractas, y en su extremo se encuentra la metafísica.