cuatro. * Una forma era no comprender que la vida carece de sentido, que es vanidad y un mal, y que es mejor no vivir. Yo no podía dejar de saberlo, y una vez que lo supe, no pude cerrar los ojos ante ello. * La segunda forma era aprovechar la vida tal como es sin pensar en el porvenir. Y yo no podía hacer eso. Yo, al igual que Sakya Muni, no podía salir a cazar cuando sabía que existen la vejez, el sufrimiento y la muerte. Mi imaginación era demasiado viva. Tampoco podía regocijarme con los accidentes pasajeros que por un instante me deparaban un placer. * La tercera forma, tras haber comprendido que la vida es mala y estúpida, era ponerle fin suicidándose. Yo lo comprendía, pero por alguna razón aún no me mataba. * La cuarta forma era vivir como Salomón y Schopenhauer —sabiendo que la vida es una estúpida broma que se nos gastó, y aun así seguir viviendo, aseándose, vistiéndose, cenando, hablando y hasta escribiendo libros. Esto me resultaba repulsivo y atormentador, pero
Comprendo ahora que si no me suicidé, se debió a cierta conciencia tenue de la invalidez de mis pensamientos.
Por convincente e indudable que me pareciera la secuencia de mis pensamientos y de los de los sabios que nos han llevado a la admisión de la insensatez de la vida, persistía en mí una vaga duda sobre la justicia de mi conclusión.
Fue así: yo, mi razón, he reconocido que la vida carece de sentido. Si no hay nada superior a la razón (y no lo hay: nada puede demostrar que lo haya), entonces la razón es la creadora de la vida para mí. Si la razón no existiera, para mí no habría vida. ¿Cómo puede la razón negar la vida cuando es la creadora de la vida?