Todas estas concepciones en las que lo finito se ha ajustado a lo infinito y se ha hallado un sentido para la vida —la concepción de Dios, de la voluntad, de la bondad— las sometemos a un examen lógico. Y todas esas concepciones no resisten la crítica de la razón.
De no ser tan terrible, resultaría ridículo con qué orgullo y complacencia, como los niños, desmontamos el reloj, sacamos el muelle, jugamos con él y luego nos extraña que el reloj no funcione.
Una solución a la contradicción entre lo finito y lo infinito, y una respuesta a la cuestión de la vida tal que haga posible vivir, es necesaria y preciosa. Y esa es la única solución que encontramos en todas partes, siempre y entre todos los pueblos: una solución que desciende de tiempos en los que perdemos de vista la vida del hombre, una solución tan difícil que no podemos componer nada semejante, y esta solución la destruimos a la ligera para plantear de nuevo la misma cuestión, que es natural para todos y para la cual no tenemos respuesta.
La concepción de un dios infinito, la divinidad del alma, la conexión de los asuntos humanos con Dios, la unidad y la existencia del alma, la concepción humana del bien y del mal morales—son concepciones formuladas en la infinita oscuridad del pensamiento humano, son aquellas concepciones sin las cuales ni la vida ni yo existiríamos; sin embargo, rechazando toda esa labor de la humanidad entera, quise rehacerla de nuevo por mí mismo y a mi propia manera.
Yo no pensaba entonces de aquel modo, pero los gérmenes de esos pensamientos ya estaban en mí. Comprendí, en primer lugar, que mi posición junto a Schopenhauer y Salomón, a pesar de nuestra sabiduría, era estúpida: vemos que la vida es un mal y, sin embargo, seguimos viviendo. Eso es evidentemente estúpido, pues si la vida carece de sentido y yo aprecio tanto lo razonable, debería destruirla y entonces no habría nadie que la pusiera en duda.