Percibí que, para comprender el sentido de la vida, es necesario primero que la vida no carezca de sentido ni sea mala, y entonces podemos aplicar la razón para explicarla.
Comprendí por qué había andado dando tantos rodeos en torno a una verdad tan evidente, y que si se ha de pensar y hablar de la vida de la humanidad, hay que pensar y hablar de esa vida y no de la vida de algunos de los parásitos de la vida.
Esa verdad había sido siempre tan cierta como que dos y dos son cuatro, pero yo no la había reconocido, porque al admitir que dos y dos son cuatro tenía que admitir también que yo era malo; y sentirme bueno era para mí más importante y necesario que el que dos y dos fuesen cuatro.
Llegué a amar a la gente buena, me odié a mí mismo y confesé la verdad. Ahora todo se volvió claro para mí.
¿Y si un verdugo que se pasara toda la vida atormentando a la gente y cortándole la cabeza, o un borracho empedernido, o un loco instalado de por vida en una habitación oscura que ha ensuciado e imagina que perecería si saliera —y si se preguntara: «¿Qué es la vida?»?
Evidentemente no podría obtener otra respuesta a esa pregunta que la de que la vida es el mayor de los males, y la respuesta del loco sería perfectamente correcta, pero solo aplicada a sí mismo.
¿Y si yo soy un loco así? ¿Y si todos nosotros, los ricos y ociosos, somos locos así? Y comprendí que realmente somos así. Yo, al menos, sin duda lo era.
Y, en verdad, un pájaro está hecho de tal modo que debe volar, buscar comida y construir un nido, y cuando veo que un pájaro hace esto, siento placer en su alegría. Una cabra, una liebre y un lobo están hechos de tal modo que deben alimentarse por sí mismos, y deben reproducirse y