Y consideré las enormes masas de aquellas personas sencillas, ignorantes y pobres que han vivido y viven, y vi algo completamente distinto. Vi que, con raras excepciones, todos esos miles de millones que han vivido y viven no encajan en mis divisiones, y que no podía clasificarlos como incapaces de comprender la cuestión, pues ellos mismos la plantean y la responden con extraordinaria claridad.
Tampoco podía considerarlos epicúreos, pues su vida consiste más en privaciones y sufrimientos que en goces. Menos aún podía considerarlos como seres que arrastran irracionalmente una existencia carente de sentido, pues cada acto de su vida, así como la muerte misma, es explicado por ellos. Consideran que quitarse la vida es el mayor de los males.
Parecía que todo el género humano poseía un conocimiento, por mí no reconocido y despreciado, del sentido de la vida. Parecía que el conocimiento racional no da el sentido de la vida, sino que excluye la vida: mientras que el sentido atribuido a la vida por miles de millones de personas, por toda la humanidad, descansa en algún despreciado seudoconocimiento.
El conocimiento racional presentado por los doctos y sabios niega el sentido de la vida, pero las enormes masas de hombres, la humanidad entera, reciben ese sentido en el conocimiento irracional. Y ese conocimiento irracional es la fe, aquello mismo que no podía menos que rechazar. Es Dios, Uno y Trino; la creación en seis días; los demonios y los ángeles, y todo lo demás que no puedo aceptar mientras conserve mi razón.
Mi situación era terrible. Sabía que no podía encontrar nada por el camino del conocimiento racional sino una negación de la vida; y allí —en la fe— no había más que una negación de la razón, lo cual era todavía más imposible para mí que la negación de la vida. Del conocimiento