meta y más frecuentemente me encontraba con otros, como yo, arrastrados por la corriente.
Había algunos remeros que continuaban remando, había otros que habían abandonado sus remos; había botes grandes e inmensas naves llenas de gente.
Unos luchaban contra la corriente, otros se entregaban a ella. Y cuanto más avanzaba, más olvidaba, al ver el avance a favor de la corriente de todos aquellos que iban a la deriva, la dirección que se me había dado.
En el mismo centro de la corriente, en medio de la multitud de barcos y embarcaciones que eran arrastrados río abajo, perdí por completo el sentido de la orientación y abandoné los remos.
A mi alrededor, por todas partes, entre risas y regocijo, la gente con velas y remos era arrastrada río abajo, asegurándome a mí y los unos a los otros que no era posible ninguna otra dirección. Y yo les creí y floté con ellos.
Y fui llevado muy lejos; tan lejos que oí el rugido de los rápidos en los que debía hacerme añicos, y vi barcos hechos pedazos en ellos.
Y volví en mí. Durante mucho tiempo fui incapaz de comprender lo que me había sucedido. No veía ante mí más que destrucción, hacia la cual me precipitaba y que temía. No veía salvación en ninguna parte y no sabía qué hacer; pero, mirando hacia atrás, percibí innumerables barcos que incesante y enérgicamente cruzaban la corriente, y me acordé de la orilla, de los remos y de la dirección, y comencé a remar de nuevo río arriba contra la corriente y hacia la orilla.
Esa orilla era Dios; aquella dirección era la tradición; los remos eran la libertad que se me había dado para remar hacia la orilla y unirme con Dios. Y así la fuerza de la vida se renovó en mí y volví a vivir.