—Pero ¿quizá he pasado por alto algo o no he comprendido bien algo? —me dije varias veces—. ¡No puede ser que este estado de desesperación sea natural en el hombre! Y busqué una explicación a estos problemas en todas las ramas del conocimiento adquiridas por los hombres. La busqué con dolor y durante mucho tiempo, no por ociosa curiosidad o apatía, sino con dolor y persistencia día y noche; la busqué como un hombre que se muere busca la salvación, y no encontré nada.
Busqué en todas las ciencias, pero, lejos de hallar lo que quería, me convencí de que todos aquellos que, al igual que yo, habían buscado en el saber el sentido de la vida no habían encontrado nada. Y no solo no habían encontrado nada, sino que habían reconocido claramente que aquello mismo que me sumía en la desesperación —es decir, la insensatez de la vida— es lo único indubitable que el hombre puede conocer.
Busqué por todas partes; y gracias a una vida consagrada al estudio, y gracias también a mis relaciones con el mundo erudito, tuve acceso a científicos y sabios de todas las ramas del saber, y ellos me mostraron generosamente todos sus conocimientos, no solo en los libros sino también en la conversación, de modo que tuve a mi disposición todo lo que la ciencia tiene que decir sobre esta cuestión de la vida.
Mucho tiempo fui incapaz de creer que no diera otra respuesta a las cuestiones de la vida que la que efectivamente da. Mucho tiempo me pareció, al ver el aire importante y serio con que la ciencia anuncia sus conclusiones, que no tienen nada en común con las verdaderas cuestiones de la vida humana, que había algo que yo no había comprendido. Mucho tiempo fui tímido ante la ciencia, y me parecía que la falta de conformidad entre las respuestas y mis preguntas no provenía de la culpa