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Capítulo I. Introducción

nuevo Cuento de Canterbury, que ellos pudieran copiar y distribuir por el país. Sabemos por el número de manuscritos, y por el orden diferente en estos, que varios establecimientos se dedicaban a la producción de los manuscritos, y podemos suponer que probablemente habría competencia entre ellos, lo cual naturalmente daría lugar a un acuerdo sobre alguna forma de pago.

En los primeros tiempos solo los hombres ricos podían permitirse coleccionar libros. Entre ellos, uno de los más distinguidos fue Richard de Bury, obispo de Durham y tesorero y canciller de Eduardo III, quien coleccionaba de todo y no escatimaba gastos en el mantenimiento de un equipo de copistas e iluminadores en su propia casa.

No solo fue un coleccionista (cuyos libros, sin embargo, se han dispersado), sino también el autor de un interesante vestigio de esa devoción por una ocupación ennoblecedora: el famoso Philobiblon. Este libro nunca se había editado de manera satisfactoria hasta que el difunto Sr. Ernest Thomas publicó en 1888 una edición admirable, basada en el cotejo de numerosos manuscritos y una traducción enérgica.1

Esta obra le llevó al Sr. Thomas varios años, y antes de completarla vio motivos para dudar de la alta posición literaria que universalmente se le había concedido al autor; y su opinión quedó confirmada por un pasaje inédito en un manuscrito del Chronicon sui temporis de Adam de Murimuth, al que le remitió Sir Edward Maunde Thompson, en el cual Adam calificaba al obispo en términos muy duros.

El Sr. Thomas publicó en «The Library» (vol. i, p. 335) un artículo titulado «¿Fue Richard de Bury un impostor?». En él expresó la opinión de que Richard Aungerville—

(1) No era un obispo excelente, sino un trepa ambicioso que se abrió paso hacia un cargo mejor a base de sobornos.

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