circunstancia adventicia carente de relación con el valor intelectual del libro, logrará muy poco.
Muchas otras circunstancias además de la escasez contribuirán a hacer que un libro sea muy apreciado y, por consiguiente, costoso. Algunas de estas resultan obvias de inmediato, como el papel de calidad, la buena impresión, una bella encuadernación o el autógrafo de un hombre célebre. Un libro será valorado porque ha sido objeto de una condena judicial, o porque es un ejemplar que contiene una lámina por lo general ausente o mutilada, o tal vez solo porque presenta una errata corregida en otros ejemplares. El reciente descubrimiento por parte del señor Sidney Lee de una peculiaridad única en el infolio de Shakespeare de la baronesa Burdett-Coutts probablemente haya duplicado el valor del libro.
A veces esas causas son muy singulares. El rey Carlos Primero dejó caer un folleto en el fango; la mancha permanece hasta el día de hoy y centuplica el valor de un impreso que solo se habría devaluado si se le hubiera caído de los dedos a un lord de cámara.
Tal hecho introduce el elemento del sentimiento, un factor poderoso y de influencia de largo alcance; pues el cuáquero o masón que colecciona literatura de interés para su sociedad, o el patriota local que adquiere los libros impresos en su ciudad natal, incita a otros a coleccionarlos también y eleva el valor de todo el conjunto.
Junto con la escasez y la gran belleza, nada, quizás, le confiere tanta estabilidad al valor de un libro como estar dirigido a un círculo pequeño pero bien definido de lectores.
Los libros sobre ajedrez y pesca con caña son ejemplos familiares. No son tan numerosos como para desalentar a un coleccionista, y cada uno difiere de los demás en algún rasgo suficiente para hacerlo indispensable para un coleccionista ambicioso de completitud.