Peor estaban las cosas en Rusia, donde Klostermann, el librero de la Corte Imperial, vendía libros por yardas (de cincuenta a cien rublos, según la encuadernación).
Se esperaba que todo cortesano que tuviera esperanzas de recibir una visita de la emperatriz Catalina tuviera una biblioteca y, como pocos de ellos poseían algún gusto literario, los compraban a ese precio.
A veces, a los libros hechos con papel de desecho se les ponían en el lomo los nombres de autores célebres.
La autoría difícilmente pudo convertirse en una profesión hasta después de la invención de la imprenta, y aun así pasaría mucho tiempo antes de que pudiera ganarse la vida con los libros.
El Dr. Edward Castell trabajó durante diecisiete años en la compilación de su inmensa obra: el Lexicon Heptaglotton, destinado a acompañar la Biblia Políglota de Walton. Durante este tiempo mantuvo a su costa como amanuenses a siete ingleses y a otros tantos extranjeros. Todos ellos murieron antes de que la obra estuviera terminada.
Además de gastar 12 000 libras de su propio dinero, se vio obligado a pedir prestadas otras 2000, y como esto no bastó, suplicó a Carlos II que la cárcel no fuera el premio a tanto esfuerzo. A pesar de una carta circular del rey que recomendaba la adquisición de esta obra, el autor terminó sus días en la pobreza, y una gran parte de la tirada fue arrojada a desvanes, donde muchos de los ejemplares se arruinaron a causa de la humedad o las ratas.
Un caso similar fue el de Thomas Madox, el ilustre autor de la «Historia del Erario», quien le escribió al doctor Charlett pidiéndole que consiguiera incluir su libro en las bibliotecas universitarias de Oxford, y explicándole que el coste de la edición ascendía a 400 libras por el papel y la impresión, y como solo se habían impreso 481 ejemplares, «cuando