Debió de ser, por ejemplo, totalmente imprevisto por los primeros impresores que los libros que anunciaban con tanta exaltación como más baratos que los manuscritos a los que sustituían se volvieran con el tiempo más caros, pero podemos discernir que esta metamorfosis del valor relativo fue racional e inevitable.
Finalmente, las fluctuaciones de los precios ofrecerían una clave sobre la condición intelectual de la época.
Observando, por ejemplo, el gran declive que, por regla general, ha tenido lugar en el valor de las primeras ediciones de los clásicos, concluiríamos que o bien los escritores clásicos eran menos estimados en general que antes, o bien se había hecho tal progreso en su estudio que las ediciones antiguas se habían vuelto inadecuadas; y ambas conclusiones estarían bien fundamentadas.
Los libros ocupan una posición intermedia entre los productos corrientes y las obras de arte. Como estas últimas, son en teoría el fruto de un talento excepcional. El más humilde de los escritores se considera en cierta medida superior a sus lectores por el tiempo que dure la lectura; no tendría excusa para dirigirse a ellos si no supusiera que es capaz de transmitirles algún placer que no habrían podido alcanzar sin su ayuda, o de informarles de algo, por insignificante que sea, que de no ser por él habría permanecido desconocido. Pero mientras que en las artes el precio suele ser proporcional al mérito intelectual real o supuesto de la producción, en los libros casi puede decirse que rige la regla inversa. El buen cuadro o la estatua no pueden reproducirse como obra original; se pueden hacer copias hasta el infinito, pero ninguna cantidad de copias menoscaba el valor del original único. Asimismo, una obra de este tipo, sea absolutamente perfecta o no, una vez terminada queda completa para siempre y no admite más mejoras.