permanentemente del mercado abierto, como no ocurre cuando se venden a un particular, ya que su biblioteca con toda probabilidad acabará saliendo a subasta. Estas dos causas serian suficientes por sí mismas para aumentar permanentemente el precio de los libros escasos, pero aún quedan otras por mencionar.
Ha crecido mucho en los últimos años el interés por la historia de los libros —la imprenta, la encuadernación— y un mayor conocimiento ha demostrado los grandes méritos de una gran cantidad de obras para recibir una mayor apreciación que hasta ahora.
Por otra parte, la clase acomodada que puede permitirse coleccionar bibliotecas selectas ha aumentado considerablemente; y, por último, la creencia de que coleccionar libros no es en absoluto una mala inversión tampoco ha carecido de efecto.
Este último punto plantea una cuestión muy interesante en el campo de la ética: ¿Debe un coleccionista considerar sus colecciones como una inversión?
El finado Sr. D. J. Hill Burton argumenta en contra de este punto de vista con mucha fuerza en su obra «Book-Hunter». Escribe—
“El espíritu mercantil no debe ser admitido a participar en los goces del cazador de libros... Si [este] permite que la obtención de dinero, aun para aquellos a quienes ha de dejar atrás, se combine con su afición, esta pierde su frescura, su influencia estimulante, y se convierte en la fuente de cuitas miserables y mezquinas zozobras. Cuando el dinero es el objetivo, que el hombre especule o se vuelva un avaro”.
Esto es muy cierto, pero debemos recordar que, después de todo, el aumento de precio es solo la manifestación externa de una mayor estima