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Capítulo II Vendedores de Libros

oficio que abandonó por estar mejor cortado para el papel de subastador. Poseía un ingenio rápido y una fluidez de palabra maravillosa. Habitualmente había tanta comedia en su “a la una, a las dos, a las tres” como la que puede encontrarse en una obra teatral moderna. “¿Dónde”, decía Millington, “está vuestra generosa pasión por el saber? ¿Quién, sino un zoquete o un necio, tendría dinero en el bolsillo y dejaría pasar hambre a su cerebro?”. Aunque supongo que no disponía más que de un repertorio limitado de chistes, en una ocasión en que el Dr. Cave pujaba con demasiada pausa por un libro, Millington le espetó: “¿Es este vuestro Cristianismo primitivo?”, aludiendo a un libro que el honesto doctor había publicado bajo ese título. Murió en Cambridge y tengo entendido que le dedicaron una elegía a su memoria y planean erigir un monumento a sus cenizas».

Thomas Hearne no le concede tan buena fama. Escribe con fecha de 13 de septiembre de 1723:

“Aunque el difunto Sr. Millington, de Londres, librero, era sin duda el mejor subastador del mundo, por ser un hombre de gran ingenio y fluidez de palabra, y un perfecto conocedor de su oficio; aunque, al mismo tiempo, muy descarado e insolente, no se le pudo convencer al final de la subasta de que rindiera cuentas a las personas que lo empleaban, de modo que, por ese medio, entregaba lo que le placía y nada más, y se quedó con un gran número de libros que no se habían vendido. De ahí provino ese vasto fondo de libros, aunque la mayoría corrientes, que tenía cuando murió y que, tras su fallecimiento, fueron vendidos en subasta”.11

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