grande fue la producción en la Edad Media. Por lo tanto, es absurdo suponer que cuando los libros se producían en gran número en cientos de monasterios en Europa, solo eran comprados por reyes o grandes nobles.
Durante los turbulentos tiempos de las guerras de los Barones debió de producirse una gran destrucción de tesoros literarios, y en la Reforma, cuando se destruyeron bibliotecas enteros y se convirtieron en papel de desperdicio, el despilfarro por ignorancia fue espantoso.
“La espléndida y magnífica abadía de Malmesbury, que poseía algunos de los mejores manuscritos del reino, fue saqueada, y sus tesoros, o bien vendidos, o quemados para servir a los usos más comunes de la vida. Un anticuario que viajó por aquella ciudad muchos años después de la disolución, relata que vio ventanas rotas remendadas con restos de los manuscritos en pergamino más valiosos, y que los panaderos ni siquiera entonces se habían acabado las reservas que habían acumulado para calentar sus hornos.”13
Que quede tanto después de la incursión masiva en los monasterios se debe en gran medida al sólido gusto anticuario de John Leland, a quien los de épocas posteriores le estamos inmensamente agradecidos.
En todas las épocas de convulsiones políticas, el saber del mundo corre el peligro de sufrir grandes pérdidas, y se nos dice que veinticinco mil manuscritos fueron quemados durante los horrores de la Revolución Francesa.
El descuidoy el desprecio que se siente hacia los libros viejos siguen siendo las grandes fuerzas destructivas en el Oriente, y el honorable Robert Curzon, que viajó en busca de manuscritos, ofrece en sus Visits to the Monasteries in the Levant (1849) un vívido relato de las pérdidas irreparables que ocurren constantemente.