Andrew Maunsell, un librero que vivía en Lothbury, fue el primero en publicar (1595) un catálogo de libros ingleses, y este libro es una obra bibliográfica muy satisfactoria. El compilador solo publicó dos partes, la primera sobre libros teológicos y la segunda sobre libros científicos. Maunsell propuso la publicación de otras sobre ramas de la literatura más populares, pero desgraciadamente dejó su obra incompleta.
En su dedicatoria a la reina Isabel dice—
“Qué gran aprecio (graciosísima Soberana) se ha tenido de los libros piadosos, puede manifestarse evidentemente por el valor asignado a los libros de artes curiosas traídos a los pies de los Apóstoles para ser quemados. Pues si aquellos libros fueron valorados en dos mil marcos, ¿en cuánta estimación hemos de tener los libros cuyo autor es Dios mismo... todos los bienes de la tierra no pueden valorarlos.”
Es notable cuán difícil debió de ser en los siglos dieciséis y diecisiete obtener información respecto a los libros nuevos.
No había bibliotecas públicas, y los libreros, según Maunsell, no estaban muy familiarizados con los títulos de los libros publicados, y él se refiere constantemente a la escasez de libros editados apenas unos años antes. Escribe:
“And seeing also many singular Bookes, not only of Diuinitie, but of other excellent Arts, after the first impression, so spent and gone, that they lie euen as it were buried in some few Studies. That men desirous of such kind of Bookes, cannot aske for that they neuer heard of, and the Bookeseller cannot shew that he hath not: I have