puede ser un verdadero amante de los libros, ya que, atendiendo únicamente al presente, no presta la debida consideración al cultivo intelectual de sus sucesores. Al impresor no le importa la belleza y la forma artística de los libros, mientras que para el copista esto es una labor de amor”.
Cuando, sin embargo, Trithemius vio la necesidad de exhortar a sus propios monjes, no pudo hablar muy favorablemente de su amor por los libros—
“No hay, en mi opinión, trabajo manual más propio de un monje que la escritura de libros eclesiásticos, y la preparación de lo necesario para quienes los escriben, pues este santo trabajo por lo general permite ser interrumpido por la oración y la vigilia por el alimento del alma no menos que por el del cuerpo.
La necesidad, asimismo, nos urge a trabajar con diligencia en la escritura de libros, si deseamos tener a mano los medios para emplearnos provechosamente en estudios espirituales. Pues podéis ver que toda la biblioteca de este monasterio, que antiguamente era hermosa y grande, ha sido de tal modo disipada, vendida y dilapidada por los monjes desordenados que nos precedieron, que a mi llegada solo hallé catorce volúmenes”.19
Otros fueron más prudentes que oponerse al nuevo arte, y muchos amanuenses, reconociendo la inevitable destrucción de su oficio, se convirtieron en impresores. El maestro de Caxton, Colard Mansion, fue un prolífico copista de manuscritos antes de dedicarse al negocio de la imprenta en Brujas. Mucho se ha escrito sobre las colecciones de manuscritos famosas y sobre las obras individuales que las componen, pero no es frecuente que estas salgan a subasta pública, por lo que los detalles sobre los precios son comparativamente escasos.