Se convierte, por lo tanto, en un asunto importante para el bibliófilo considerar cuáles son las reglas que guían el incremento del precio de los libros. No es fácil codificar estas reglas, pues las circunstancias cambiantes modifican los casos: así, las nuevas ediciones reducen el valor de algunos libros de alto precio, pero no tienen ningún efecto en el caso de otros; y el tiempo deja obsoletos algunos libros, mientras que incrementa el valor de otros.
Hay, sin embargo, uno o dos puntos que pueden mencionarse como reguladores del precio, pues aquellas personas que suponen que los precios son del todo erráticos están ciertamente equivocadas.
¿Cuáles son, pues, las características principales de un libro que lo hacen valioso?
La «unicidad», para usar la palabra de Horace Walpole, es una de ellas; pero esto no siempre es suficiente para mantener el precio.
El buen estado es el gran realzador del valor, y los ejemplares sucios, incluso de obras escasas, rara vez valen mucho.
Pero hoy en día el artista hace mucho para mejorar estos libros. Las hojas se pueden lavar, las páginas rotas se pueden reparar, las imperfecciones se pueden rellenar con facsímiles y luego todo se puede encuadernar primorosamente en tafilete, de modo que el dueño apenas reconoce su libro.
Sin embargo, en la hechura artística todavía queda una dificultad: un ejemplar corto no se puede convertir en uno alto.
Es inútil que el artista gaste su labor en otra cosa que no sean los mejores libros, como las producciones de las primeras imprentas, ediciones originales de obras maestras y trabajos de valor permanente en su mejor forma posible, con las correcciones finales de los autores.