Esta tolerancia resulta más sorprendente si recordamos que los Padres griegos, y todo el sacerdocio, mostraban una especial inquina en sus condenas contra los usureros.
San Basilio fue el principal de estos cruzados contra los usureros, y abordó el asunto con detalle y vigor. Intentó suscitar repugnancia hacia el usurero retratando su mentira y su hipocresía con el lenguaje más exagerado.
«El codicioso usurero —decía—, contempla impasible a su necesitado prestatario a sus pies, condescendiendo a toda humillación, profesando cuanto hay de envilecedor;
no siente compasión por su prójimo, aunque reducido a este estado abyecto de súplica; no cede a su humilde plegaria; es inexorable a sus ruegos; no se conmueve con sus lágrimas; jura y protesta que no tiene dinero, y que él mismo se ve en la necesidad de pedir prestado; da crédito a sus mentiras añadiendo un juramento, y agrava su tráfico inhumano e inicuo con el más grosero perjurio.
Pero cuando el desdichado suplicante acepta los términos del préstamo, su semblante cambia; sonríe con complacencia; le recuerda su amistad con su padre y lo trata con la más halagüeña cordialidad. «Déjame ver —dice—, si no tengo un poco de efectivo guardado, pues debo tener algo que pertenece a un amigo —que me lo prestó en condiciones muy duras—, a quien le pago un interés exorbitantísimo por ello; pero no voy a exigirle nada semejante a ti». Con buenas palabras y promesas, lo seduce y lo atrapa por completo en sus redes; luego consigue que firme con su puño y letra, y consuma su desgracia. ¿Cómo es eso? Despidiéndolo privado de libertad.
Y después de este cuadro recargado de falsedad y opresión —continúa arremetiendo contra los usureros en los términos más amargos, y corona el culmen de su discurso llamándolos perros, monstruos, víboras y demonios.