«¿Quién vive ahí?»
“Sí. Al menos eso creía. Pero supongo que no. Después de todo, no todos podemos tener casas”.
—Pero, Igor, yo no sabía... siempre creí...
“No sé cómo será, Christopher Robin, pero entre tanta nieve y unas cosas y otras, por no hablar de los carámbanos y cosas por el estilo, no hace tanto Calor en mi prado a eso de las tres de la mañana como algunos se piensan. No es que sea Acogedor, si sabes a lo que me refiero, ni mucho menos incómodo. No es Sofocante. De hecho, Christopher Robin —continuó diciendo en un fuerte susurro—, de-estrictísimo-secreto-y-que-no-se-lo-digas-a-nadie, hace Frío”.
—¡Oh, Igor!
“Y me dije a mí mismo: Los demás se van a arrepentir si me estoy poniendo todo frío. No tienen Cerebro, ninguno de ellos, solo pelusa gris que se les ha metido en la cabeza por error, y no Piensan, pero si sigue nevando durante otras seis semanas más o menos, uno de ellos empezará a decirse a sí mismo:
«A eso de las tres de la mañana, a Ígor no le debe de sobrar el Calor precisamente».
Y entonces se sabrá. Y lo Sentirán”.
—¡Oh, Ígor! —dijo Christopher Robin, sintiéndose ya muy culpable.
“No me refiero a ti, Christopher Robin. Tú eres diferente. Así que todo se reduce a que me construí una casa junto a mi pequeño bosque”.
“¿De verdad? ¡Qué emocionante!”
—Lo realmente emocionante —dijo Ígor con su voz más melancólica— es que cuando lo dejé esta mañana estaba allí, y cuando volví ya no estaba. Nada del otro mundo, muy natural, y solo era la casa de Ígor. Pero aun así, me quedé pensando.
Christopher Robin no se detuvo a pensar. Ya estaba de vuelta en su casa, poniéndose su sombrero impermeable, sus botas impermeables y su gabardina impermeable lo más rápido que podía.
—Iremos a buscarlo ahora mismo —le gritó a Igor.