—Oh, ya veo —dijo Pooh.
“Esto es una especie de nada lo que estamos haciendo ahora”.
—Ah, ya veo —volvió a decir Pooh.
“Significa simplemente ir tirando, escuchando todas las cosas que no puedes oír, y no preocuparse”.
“¡Oh!”, dijo Pooh.
Caminaron pensando en Esto y en Aquello, y al poco rato llegaron a un lugar encantado en lo más alto del Bosque llamado El Rincón de los Galeones, que consta de sesenta y tantos árboles en círculo; y Christopher Robin sabía que estaba encantado porque nadie había sido capaz nunca de averiguar si eran sesenta y tres o sesenta y cuatro, ni siquiera cuando ataba un trozo de cuerda a cada árbol después de haberlo contado.
Por estar encantado, su suelo no era como el suelo del Bosque, de aulagas, helechos y brezos, sino de hierba tupida, silenciosa, suave y verde. Era el único lugar del Bosque donde uno podía sentarse sin cuidado, sin tener que levantarse casi al instante en busca de otro sitio.
Sentados allí podían ver el mundo entero extendido hasta llegar al cielo, y todo cuanto había en el mundo entero estaba con ellos en El Rincón de los Galeones.
De repente, Christopher Robin empezó a contarle a Pooh sobre algunas de las cosas:
- Gente llamada Reyes y Reinas y algo llamado Factores,
- y un lugar llamado Europa,
- y una isla en medio del mar a donde no llegaban los barcos,
- y cómo se hace una Bomba Aspirante (si uno quiere),
- y cuándo se Nombraba Caballeros a los Caballeros,
- y qué viene de Brasil.
Y Pooh, con la espalda apoyada contra uno de los sesenta y tantos árboles, y las patas cruzadas frente a él, decía «¡Oh!» y «No lo sabía», y pensaba en lo maravilloso que sería tener un Cerebro Auténtico que pudiera a uno decirle cosas.
Y al rato, Christopher Robin llegó al final de las cosas, y se quedó en silencio, y se sentó allí mirando hacia el mundo, y deseando que no se detuviera.