“Porque, ves, Búho —dijo Pooh—, hemos estado dándonos prisa para llegar a tiempo para... para verte antes de marcharnos otra vez”.
Búho asintió solemnemente.
—Corríjame si me equivoco —dijo—, ¿pero estoy en lo cierto al suponer que afuera hace un día muy Ventolero?
—Mucho —dijo Piglet, que se estaba descongelando las orejas en silencio y deseando estar a salvo de vuelta en su propia casa.
—Eso me parecía —dijo Búho—. Fue en un día tan ventoso como este cuando mi tío Robert —cuyo retrato ve usted en la pared a su derecha, Piglet—, al regresar a media mañana de un... ¿Qué es eso?
Hubo un fuerte crujido.
—¡Cuidado! —gritó Pooh—. ¡Cuidado con el reloj! ¡Quítate de en medio, Piglet! ¡Piglet, me estoy cayendo encima de ti!
—¡Socorro! —gritó Piglet.
El lado de la habitación de Pooh se inclinaba lentamente hacia arriba y su silla empezó a deslizarse hacia la de Piglet. El reloj se deslizó suavemente por la chimenea, arrastrando jarrones en su camino, hasta que chocaron todos contra lo que antes había sido el suelo, pero que ahora intentaba ver qué aspecto tendría convertido en pared.
El tío Robert, que iba a ser la nueva alfombra del hogar, y que traía el resto de su pared consigo a modo de moqueta, se cruzó con la silla de Piglet justo cuando este esperaba abandonarla, y por un momento se volvió muy difícil recordar cuál era realmente el norte.
Luego hubo otro fuerte crujido… La habitación de Búho se recompuso febrilmente… y se hizo el silencio.
En un rincón de la habitación, el mantel comenzó a retorcerse.
Luego se hizo un ovillo y rodó por la habitación.
Luego dio uno o dos saltos y sacó dos orejas. Rodó por la habitación otra vez y se desenroscó.
—Pooh —dijo Piglet con nerviosismo.
—¿Sí? —dijo una de las sillas.