Pooh asintió.
—Lo prometo —dijo él.
Aún con los ojos puestos en el mundo, Christopher Robin extendió una mano y buscó la zarpa de Pooh.
—Pooh —dijo Christopher Robin con seriedad—, si yo... si no estoy del todo... —se detuvo y lo intentó de nuevo—: Pooh, pase lo que pase, lo entenderás, ¿verdad?
—¿Comprender qué?
—Oh, nada. —Se rio y se puso de pie de un salto—. ¡Vamos!
—¿Dónde? —dijo Pooh.
—Donde sea —dijo Christopher Robin.
Así que se marcharon juntos. Pero dondequiera que vayan, y pase lo que les pase en el camino, en ese lugar encantado en la cima del Bosque, un niño pequeño y su Oso jugarán siempre.