Nikoláy comenzó a adelantarse. Zakhár, sin dejar de mantener los brazos extendidos, levantó una mano con las riendas.
—¡No lo hará, amo! —gritó.
Nikoláy puso a todos sus caballos al galope y adelantó a Zakhár. Los caballos salpicaron la fina y seca nieve sobre las caras de quienes iban en el trineo; junto a ellos sonaron unas campanillas rápidas y tintineantes, y alcanzaron a ver de manera confusa las patas que se movían velozmente y las sombras de la troika que iban adelantando. El silbido de los patines sobre la nieve y las voces de las muchachas gritando se oían desde distintos lados.
Volviendo a comprobar sus caballos, Nikoláy miró a su alrededor. Todavía los rodeaba la llanura mágica bañada por la luz de la luna y salpicada de estrellas.
—Zakhár está gritando que vire a la izquierda, ¿pero por qué a