ocurría a su alrededor y tomar notas. En la época del encuentro de Tilsit preguntó los nombres de quienes habían venido con el séquito de Napoleón y acerca de los uniformes que llevaban, y escuchó con atención las palabras pronunciadas por los personajes importantes. En el momento en que los emperadores entraron en el pabellón, miró su reloj, y no olvidó volver a mirarlo cuando Alejandro salió. La entrevista había durado una hora y cincuenta y tres minutos. Anotó esto aquella misma noche, entre otros hechos que consideraba de importancia histórica. Como el séquito del Emperador era muy reducido, para un hombre que valoraba su éxito en el servicio era de suma importancia hallarse en Tilsit con motivo de esta entrevista entre los dos emperadores, y al haberlo logrado, Borís sintió que de ahí en adelante su posición estaba plenamente asegurada. No solo había empezado a ser conocido, sino que la gente se había habituado a él y lo aceptaba. Dos veces había cumplido encargos para el propio Emperador, de modo que este conocía su rostro, y todos en la corte, lejos de hacerle el vacío como al principio, cuando lo consideraban un recién llegado, se habrían extrañado de no verlo allí.
Borís se alojaba con otro ayudante, el conde polaco Zhilínski. Zhilínski, un polaco educado en París, era rico y apasionado de los franceses, y casi todos los días de la estancia en Tilsit, oficiales franceses de la Guardia y del cuartel general francés almorzaban y cenaban con él y con Borís.
En la noche del veinticuatro de junio, el conde Zhilínski ofreció una cena para sus amigos franceses. El invitado de honor era un edecán de Napoleón,