y cólera.
“Coronel Michaud, no olvide lo que le digo aquí, quizá lo recordemos con placer algún día… Napoleón o yo —dijo el emperador, tocándose el pecho—. Ya no podemos reinar juntos. He llegado a conocerlo, y ya no me engañará más…”.
Y el Emperador se detuvo, con el ceño fruncido.
Cuando oyó estas palabras y vio la expresión de firme resolución en los ojos del Emperador, Michaud— quoique étranger, russe de coeur et d’âme, —en aquel solemne momento se sintió arrebatado por todo lo que había oído (según solía contar después), y expresó sus propios sentimientos y los del pueblo ruso, cuyo representante se consideraba, con las siguientes palabras:
—¡Señor! —dijo—, ¡Su Majestad está firmando en este momento la gloria de la nación y la salvación de Europa!
Con una inclinación de cabeza el Emperador lo despidió.
IV
Es