que las mujeres lo persiguieran, su vanidad se sentía lisonjeada por el espectáculo de su poder sobre estas tres mujeres. > Además, empezaba a experimentar por la bonita y provocativa mademoiselle Bourienne ese sentimiento animal y apasionado que solía dominarlo con gran rapidez e impulsarlo a los actos más burdos e
Después del té, la compañía pasó a la sala y le pidieron a la princesa Márya que tocara el clavicordio.
Anatole, riendo y de muy buen humor, se acercó y se apoyó en los codos, frente a ella y al lado de mademoiselle Bourienne. La princesa Márya sintió su mirada con una emoción dolorosamente gozosa. Su sonata favorita la transportó a un mundo de lo más íntimamente poético y la mirada que sentía sobre ella hizo que ese mundo fuera aún más poético.
Pero la expresión de Anatole, aunque tenía los ojos fijos en ella, no se refería a ella, sino a los movimientos del pequeño pie de mademoiselle Bourienne, que él rozaba entonces con el suyo por debajo del clavicordio. Mademoiselle Bourienne también miraba a la princesa Márya, y en sus hermosos ojos había una expresión de alegre temor y de esperanza que también era nueva para la princesa.
“¡Cómo me quiere!”, pensó la princesa Marya. “¡Qué feliz soy ahora, y qué feliz podré ser con semejante amigo y semejante esposo! ¿Esposo? ¿Será posible?”, pensó, sin atreverse a mirar su rostro, pero sintiendo aún que los ojos de él la miraban fijamente.
Por la noche, después de cenar, cuando todos se disponían a retirarse, Anatole besó la mano de la princesa Márya. Ella no supo de dónde sacó el valor, pero lo miró directamente al hermoso rostro cuando este se