no, por supuesto. Lo tenía todo preparado. Tenía a Moscú firmemente en mis manos. ¡Y a esto es a lo que han dejado que llegue! ¡Villanos! ¡Traidores!», pensó, sin definir con claridad quiénes eran los villanos y los traidores, pero sintiendo la necesidad de odiar a esos traidores, fuesen quienes fuesen, que tenían la culpa de la falsa y ridícula posición en la que se encontraba.
Durante toda aquella noche, el conde Rostopchín dio órdenes para las cuales acudía gente de todas partes de Moscú. Quienes le rodeaban jamás habían visto al conde tan hosco e irritable.
—Excelencia, el director del Departamento del Registro ha pedido instrucciones... Del Consistorio, del Senado, de la Universidad, del Hospital de Expósitos, el sufragáneo ha enviado... pidiendo información... ¿Cuáles son sus órdenes acerca de los bomberos? Del director de la prisión... del superintendente del manicomio... Toda la noche el conde recibió continuamente avisos de este tipo.
A todas estas preguntas respondió breve y airadamente, indicando que sus órdenes ya no eran necesarias, que todo el asunto, preparado minuciosamente por él, había sido arruinado ahora por alguien, y que ese alguien tendría que cargar con toda la responsabilidad de cuanto pudiera suceder.
—Oh, dígale a ese cabeza hueca —respondió a la pregunta del Departamento del Registro—, que se quede a custodiar sus documentos. ¿Y a qué viene ahora esa pregunta tonta sobre el Cuerpo de Bomberos? Tienen caballos, que se larguen a Vladímir y no se los dejen a los franceses.
—Su excelencia, ha venido el director del manicomio: ¿cuáles son sus órdenes?
“¿Mis órdenes? Que se vayan, eso es todo... Y dejen salir a los lunáticos a la ciudad. Cuando los lunáticos mandan en nuestros