naturalidad, y a Natásha le llamó la atención de un modo extraño y agradable que no hubiera nada temible en aquel hombre del que tanto se hablaba, sino que, por el contrario, su sonrisa era de lo más ingenua, alegre y bondadosa.
Kurágin le preguntó su opinión sobre la representación y le contó cómo en una función anterior Semënova se había caído en el escenario.
—Y sabe usted, condesa —dijo, dirigiéndose de repente a ella como a una vieja y conocida amistad—, estamos organizando un torneo de disfraces; ¡debería usted tomar parte en él! Será muy divertido. ¡Nos reuniremos todos en casa de los Karágin! ¡Por favor, venga! ¿No? ¿De verdad que no?, eh —dijo.
Mientras decía esto, jamás apartó sus ojos sonrientes del rostro, el cuello y los brazos desnudos de ella. Natásha sabía con certeza que