pronto Petya escuchó una orquesta armoniosa que tocaba algún himno desconocido, dulce y solemnemente. Petya tenía tanta sensibilidad musical como Natasha, y más que Nikolái, pero nunca había estudiado música ni pensado en ella, por lo que la melodía que acudió de pronto a su mente le pareció singularmente fresca y atractiva. La música se escuchaba cada vez con más claridad. La melodía crecía y pasaba de un instrumento a otro. Y lo que se interpretaba era una fuga, aunque Petya no tuviera la menor idea de qué es una fuga. Cada instrumento —semejante ya a un violín, ya a una trompa, pero mejor y más nítido que el violín o la trompa— tocaba su propia parte, y antes de terminarla, la melodía se fundía con la de otro instrumento que empezaba casi el mismo aire, y luego con un tercero y un cuarto; y todos se fundían en uno solo, para volverse a separar y fundirse de nuevo, ya en una música eclesiástica solemne, ya en algo deslumbrantemente brillante y triunfal.
—¡Ah... vaya, eso fue en un sueño! —se dijo Pétya para sus adentros, mientras daba un traspié—. Me zumban los oídos. Pero tal vez sea música mía. ¡Vamos, música mía, sigue! ¡Ahora!...
Cerró los ojos y, por todas partes, como desde la distancia, los sonidos aleteaban, crecían en armonías, se separaban, se fundían y de nuevo se mezclaban todos en el mismo dulce y solemne himno.
«¡Oh, esto es delicioso! ¡Cuanto me gusta y como me gusta!», se dijo Petya. Trató de dirigir aquella enorme orquesta.
—¡Ahora suave, suave, id apagándoos! —y los sonidos le obedecieron—. ¡Ahora más llenos, más alegres! ¡Todavía más y más alegres! —Y