dije desde el principio —declaró Anna Pávlovna refiriéndose a Pierre—, lo dije entonces y antes que nadie —insistía en su prioridad—, que ese insensato joven estaba corrompido por las ideas depravadas de estos tiempos. Lo dije incluso en el momento en que todo el mundo estaba entusiasmado con él, cuando acababa de regresar del extranjero y cuando, si os acordáis, se hacía pasar por una especie de Marat en una de mis veladas. ¿Y en qué ha terminado? Yo ya estaba en contra de este matrimonio entonces y pronostiqué todo lo que ha sucedido.
Anna Pávlovna seguía ofreciendo las mismas veladas de siempre en sus noches libres —aquellas que solo ella poseía el don de organizar—, en las que se encontraba «la nata de la alta sociedad en verdad, la flor y nata de la esencia intelectual de Petersburgo», como ella misma solía decir. Aparte de esta selecta y refinada concurrencia, las recepciones de Anna Pávlovna también se distinguían por el hecho de que ella siempre presentaba a los visitantes a alguna persona nueva e interesante, y de que en ningún otro sitio se indicaba con tanta claridad y precisión el estado del termómetro político de la legítima sociedad cortesana de Petersburgo.
Hacia finales de 1806, cuando ya se habían recibido todos los tristes detalles de la destrucción del ejército prusiano por parte de Napoleón en Jena y Auerstädt y la rendición de la mayoría de las fortalezas prusianas, cuando nuestras tropas ya habían entrado en Prusia y nuestra segunda guerra con Napoleón estaba comenzando, Anna Pávlovna ofreció una de sus veladas. La «crema de la buena sociedad» consistía en la fascinante Elèn, abandonada por su esposo, Mortemart, el