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Nuestra transmigración

# NUESTRA TRANSMIGRACIÓN

Los capítulos anteriores explicaban únicamente cómo podría llevarse a cabo el plan de emigración sin crear ninguna perturbación económica. Pero un movimiento tan grande no puede tener lugar sin despertar inevitablemente muchos sentimientos profundos y poderosos.

Hay viejas costumbres, viejos recuerdos que nos atan a nuestros hogares. Tenemos cunas, tenemos tumbas, y nosotros solos sabemos cómo los corazones judíos se aferran a las tumbas. Nuestras cunas las llevaremos con nosotros; en ellas va nuestro futuro, sonrosado y sonriente. Nuestras queridas tumbas debemos abandonarlas, y creo que este abandono nos costará más que cualquier otro sacrificio. Pero así ha de ser.

La angustia económica, la presión política y el oprobio social ya nos han expulsado de nuestros hogares y de nuestras tumbas. Los judíos nos vemos obligados incluso ahora a trasladarnos constantemente de un lugar a otro, y una fuerte corriente nos arrastra de hecho hacia el oeste, a través del mar, hacia los Estados Unidos, donde tampoco se desea nuestra presencia. ¿Y dónde será deseada nuestra presencia, mientras seamos una nación sin hogar?

Pero daremos un hogar a nuestro pueblo. Y se lo daremos, no arrancándolo despiadadamente de su suelo nutricio, sino transplantándolo cuidadosamente a una tierra mejor. Así como deseamos crear nuevas relaciones políticas y económicas, preservaremos como sagrado todo aquello del pasado que es caro a los corazones de nuestro pueblo.

Por tanto, unas pocas sugerencias deben bastar, ya que esta parte de mi plan muy probablemente sea condenada por visionaria.

Sin embargo, incluso esto es posible y real, aunque ahora parezca algo vago y sin rumbo. La organización hará de ello algo racional.

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