tan profundamente arraigado, en verdad, que era imposible albergar la esperanza de su desaparición en un período de tiempo mensurable.
Precisamente porque era tan sensible a su honor como judío, precisamente porque había proclamado, en El nuevo gueto, el ideal de la reconciliación humana, y había tomado la decisión última de mantenerse fiel a su judaísmo, el espantoso espectáculo de aquella mañana de invierno debió de sacudirlo hasta lo más hondo de su ser.
Era como si le hubieran cortado la tierra bajo los pies. En este sentido, Herzl pudo decir más tarde que el caso Dreyfus lo había convertido en sionista.
Él vio a su alrededor la luz cada vez más feroz de un antisemitismo abrasador. En la Cámara de Diputados francesa, el diputado Denis hizo una interpelación sobre la influencia de los judíos en la administración política del país. En Viena, un miembro judío del Reichstag se levantó para hablar y fue abucheado a gritos. El 2 de abril de 1895 se celebraron las elecciones municipales de Viena, y se produjo un aumento enorme en el número de concejales antisemitas.
Planes de cambio cruzaron tumultuosamente por su mente. Quería escribir un libro sobre «La condición de los judíos», que consistiría en reportajes sobre todas las empresas de colonización judía importantes en Rusia, Galitzia, Hungría, Bohemia, Oriente y las más recientemente fundadas en Palestina, de las cuales había oído hablar a través de un pariente.
Alphonse Daudet, el famoso autor francés con quien había analizado todo el asunto, opinaba que Herzl debía escribir una novela; llegaría más lejos que una obra de teatro. «Mire La cabaña del tío Tom».
Volvió a su antiguo proyecto de novela judía que había abandonado cuando lo llamaron para ocupar su puesto en la Neue Freie Presse en