París. Su amigo Kana, el suicida, ya no sería la figura central. En su lugar, sería «el más débil, el querido amigo del héroe», y se quitaría la vida tras una serie de desgracias, mientras la Tierra Prometida era descubierta o más bien fundada. Cuando el héroe a bordo del barco que lo llevaba a la Tierra Prometida recibiera la conmovedora carta de despedida de su amigo, su primera reacción, después del horror, sería de rabia: «¡Estúpido! ¡Tonto! ¡Miserable y desahuciado debilucho! ¡Una vida perdida que nos pertenecía!».
Podemos ver nacer la idea sionista. Sus contornos son todavía imprecisos, pero la idea decisiva es claramente visible; solo mediante la migración se le puede dar a este tipo humano íntegro la oportunidad de surgir.
En El nuevo gueto, Jacob Samuel es un héroe porque sabe cómo elegir una muerte honorable. Ahora bien, la muerte de un hombre útil es un despilfarro criminal. Pues hay grandes tareas por emprender.
En esencia, es el Acto y no la Palabra lo que nos confronta. Qué último impulso fue el que llevó en realidad a Herzl de la Palabra al Acto será difícil de decir; él mismo no habría podido dar la respuesta.
Las pequeñas cosas pueden desempeñar un papel dramático con no menor eficacia que las grandes cuando un hombre está tan cargado de propósito como lo estaba entonces Herzl.
En los primeros días de mayo, Herzl dirigió al barón de Hirsch (el patrocinador de la colonización judía en Argentina) la carta que inaugura su carrera política judía. Su solicitud de entrevista fue concedida. Herzl preparó un esquema de su postura en notas, no fuera a ser que omitiera algo importante durante su conversación.
En estas notas escribe: «Si se ha de transformar a los judíos en hombres de carácter en un período de tiempo razonable, digamos diez o veinte años, o incluso cuarenta —el intervalo que necesitó Moisés—, no se puede lograr sin emigración. ¿Quién va a decidir si hoy las condiciones